Sebastián Gordín en el Museo de Arte Moderno

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, dependiente del Ministerio de Cultura porteño, tiene el agrado de presentar *Un extraño efecto en el cielo*, la primera gran retrospectiva del destacado artista argentino Sebastián Gordín, el próximo miércoles 5 de febrero, a las 18 hrs, en Av. San Juan 350.

Habrá un recorrido especial para la prensa ese mismo día, a las 16.30 hrs.

¿Vive el amor, muertos los amantes?

Que buena frase que plantea la obra de teatro que se dará dentro de un tiempo.”Romero y Julita, ¿vive  el amor, muertos los amantes?”.

Pensaba al respecto, porque es difícil la pregunta y trataba de darle algunas vueltas, de estudiarme un poco acerca de las sensaciones que me produce.

Entonces me dije:. vive el amor si los que lo producen no están más?  Los productores, serían aquellos que son capaces de amar, que tienen esa capacidad, que lo pueden exhibir, transmitir, que pueden ser vehículos de amor, afecto, cariño y todo lo que quieran agregarle.

Busco en mi diccionario que ya saben que es mi compañero, amigo, acompañante de mis dudas o cuando quiero ampliar y abrirme a otros sentidos.

Amante nos lleva a amor. No dice otra cosa. Entonces voy a amor. y allí dice.

Del latín amare. Sentir amor por alguien: a Dios, al prójimo, a los niños. Me alegré cuando integra a los niños: Ama entrañablemente a sus hijos, dice.Me recordó  , los hijos son los hijos de la vida. Sigo con el diccionario: se substituye por querer o tener cariño. Se aplica a la atracción afectiva entre personas y da justo el ejemplo: ” Romeo amaba a Julieta”. Se puede usar como absoluto: ” Es bello amar”. Enlaces frecuentes: amar entrañablemente( que fuerza que tiene esto, amar desde las entrañas)  o amar de todo corazón. Amar a la Patria, la libertad, la justicia. También se emplea en lenguaje literario, con el significado de una afición entrañable. Otra veces, dice, puede ser también: Aman el lujo , las comodidades. Y allí termina, no dice nada más.

Pero yo sí me quedé con ganas de decir. A los que aman  el lujo, las comodidades, no me voy a referir hoy, porque ya hay tanto de eso como único valor, olvidando que como digo muchas veces, hay un sistema de valores que todos los seres HUMANOS tenemos. El sentimiento de ambición y el amor al poder, ya es un CLASICO, que vemos todos los días , por ejemplo, simplemente encendiendo el televisor. Ah!! y el amor a la mentira, ni hablemos.

Entonces, ante este panorama, que pasa si mueren los que sí producen amor, al menos donde predomina este sentimiento, porque todos tenemos de todos los sentimientos, pero vuelvo a una metáfora de Einstein: todos ignoramos cosas, pero no todos ignoramos de la misma manera. Cada vez me gusta más esta frase. Creo que de tanto insistir con ella en el blog, se quedará a vivir en alguna cabeza.

Y si pasa eso, estamos en una situación más que delicada. Recordemos que en Romeo y Julieta, los que morían eran los jóvenes amantes. Y el odio estaba instalado en ambas familias, no en Romeo y Julieta. me parece que los adultos tienen algo que ver con esta pregunta, tomando este ejemplo de Shakespeare, digo. Solucionó algo la muerte de los jóvenes. y , viendolo en el transcurso del tiempo, diría que no.Se sigue repitiendo la historia y cada vez peor. Dirán: que pesimista esta mujer. Si, ya lo sé que pueden pensar eso, pero para mí, SOY REALISTA. Y no olviden que en el artículo anterior hablé de la ESPERANZA. pero no es mágica. necesita construcción y no destructividad imperando. El imperio de la violencia, en las calles, por todos lados aumentó muchísimo la gente de la calle, tirada en cualquier lado, hay algunos en mi barrio que tienen su lugar fijo. Hay una que se desnuda en plena calle y dice ! que sucio que está!! y saben que hace?. empieza a limpiarse con cartones y hace como que se baña, o se limpia también con servilletas que seguro busca en los bares. les podría contar un montón de casos que tengo en el barrio. Y la otra, hay unos olores nauseabundos por donde camino, con todas las bolsas tiradas, con basura al aire libre y ni hablemos de esos grandes basureros que han puesto, porque ya no puedo pasar cerca, del olor que intoxica. Díganme, por favor ¿ donde está el amor? ¿ quien tiene que incriminarse en esto? Somos los del barrio, tenemos que lavar los basureros enormes ? tenemos que analizar en la calle a la gente de la calle? Soy psicóloga, que se supone que tengo que hacer? dedicarme a la gente de la calle. Hacer en la calle la entrevista? y en todo el barrio, los que están sentados pidiendo monedas, que son un montón por mi barrio. Será un problema de mi barrio y estoy diciendo pavadas? ¿ es un problema mío, que no veo la realidad, como diría Freud, no tendré PRINCIPIO DE REALIDAD. Realmente que”  DECADENCE”, como dice Nitzsche!!! En que planeta habrán quedado los seres HUMANOS? menos mal que estamos avanzando rápidamente en la exploración de , que se yo, Marte y otros. Por eso, podemos seguir teniendo la esperanza que van a venir y alguien  se va a ocupar de nosotros y nos va a salvar.

 

Sigo con Saint Exupery

Dice Saint Exupery:

CAMBIAR LAS COSAS,

CONVERTIRSE UNO MISMO EN

VEHICULO, CAMINO Y MOVIMIENTO.

Estoy absolutamente de acuerdo con esta idea y este sentimiento que expresa este excelente escritor. El se considera un camino para llegar a algún sitio, a veces nos lleva de la mano por lugares mágicos, como es El Principito, con esa ternura que tiene este personaje, con el movimiento que hace a través de ese mundo de fantasía y que nos conduce a volar junto a él,no sé si a todos, pero a mí y a muchísima gente sí, a los que lo amamos y admiramos.

Muchas personas me han dicho que después que leyeron mi artículo anterior, fueron a buscar el texto y lo volvieron a leer.

El dice ser un vehículo,  agrego: un medio, un puente para cruzar un río tal vez de una orilla a la otra. Eso es transformación. Ya lo dijo Heráclito, respecto a que no pasamos  dos veces por el mismo río , siendo los mismos. Siempre nos transformamos, porque estamos en permanente movimiento, cambio. Hay permanencia y hay cambio, ambas situaciones. y Saint Exupery nos ofrece la posibilidad de llevarnos en su vehículo, que es él mismo, en realidad, para cambiar este mundo, hacer algo para eso, todos podemos aportar nuestro pequeño granito, transmitir, accionar, salir del sueño profundo que impone la pasividad, que tanto daño está haciendo. se ve en las calles. Yo, ahora acciono en la calle. Por ejemplo, cuando voy en un colectivo y ocurren situaciones que son de maltrato, hablo, no me quedo callada, o cuando uno tiene el paso para cruzar y alguien quiere doblar antes y que esperemos, le pongo una mano frente a su auto y lo miro a los ojos y que esperen y paso tranquila. Sonj tantas las cosas que se pueden hacer, como estas, diferentes, hay un enorme campo de acción. A cada uno se le ocurrirá el que mejor le parezca. Pero tenemos que sentir ese deseo de modificar en las pequeñas cosas,  primero para mi por los niños y jóvenes que son el futuro. pero usando nuestros mejores recursos, nuestra capacidad, mover estas características, la inteligencia que todos tenemos y que necesita ser estimulada, para que no se quede detenida.

Recuerden: VEHICULO de transmisiones, desde la propia casa y lo que se pueda para afuera, en cualquier sitio en que nos encontremos. Recuerden a Serrat, que siempre lo ubico por aquí, en el blog, le hago un lugarcito: ” caminante no hay camino, se hace camino al andar. Mientras vamos andando, se nos pueden ir ocurriendo ciertas cosas. caminemos el presente, pero con la sensación de un futuro, que tiene como efecto el sentimiento de ESPERANZA.

Y no el que veo , porque no tengo un velo colocado en los ojos, la cantidad de desesperanza que existe. Vehiculicemos esperanza, seamos mediadores para que vean los jóvenes y los niños  que existen herramientas valiosas aún, de las que pueden disponer. caminemos hacia los afectos, la desafectividad hace mucho daño.

 

SAINT EXUPERY ” Saber vivir”

1- no encontrarás la paz si no cambias las cosas, si no te conviertes tú mismo en vehículo, camino y movimiento.

2-la distancia no se deja encontrar. La distancia se crea. Y la huida, jamás ha conducido a ninguna parte.

3- Sólo sabemos que hay situaciones inesperadas que potencian nuestra imaginación.

Respecto a potencian quiero decir que es aumentar la fuerza y la energía de algo. Dota  de la ayuda necesaria para que algo crezca, se desarrolle y cambie. De acuerdo a lo que dice Exupery,  hay situaciones inesperadas en nuestras vidas que nos ayudan y nos dan las fuerzas y la potencia para seguir desarrollándonos, creciendo y cambiando.

4- Sólo existe una alegría verdadera: relacionarse con la gente.

5- HE AQUI MI SECRETO: ” no se ve bien, sino con el corazón: lo esencial es invisible a los ojos”.

Es demasiado intenso ésto, como para agregarle algo más.

“Los niños y la sociedad”

Una frase de Nelson Mandela,  Premio Nóbel de la Paz.

“No puede haber una revelación más intensa del alma de una sociedad que la forma en que se trata a sus niños.”

Del Diccionario de Símbolos de Chevalier:

“El alma de una sociedad…… son tan numerosas las representaciones simbólicas del alma , como la cantidad de creencias que existen alrededor de ella. Animar, dar un alma, es hacer vivir.  Platón es el que realiza un paralelismo entre las partes del alma y las clases o funciones sociales. Las concepciones tan diversas del alma se traducen en el arte, leyendas, imágenes tradicionales, que son otros tantos símbolos de las realidades invisibles que actúan en el hombre. Estos símbolos quedarían cerrados si no los referimos a las creencias sobre el alma de los pueblos que los han imaginado.

El alma de las sociedades son realidades invisibles y son las creencias de los pueblos  que la han estado  imaginando. La forma de tratar a los niños, siguiendo lo que simboliza la noción de alma, funciona,cuando la sociedad muestra lo que se está haciendo por ellos, no permanece invisible, sólo en la imaginación,como se habla en tantas culturas, sino en la acción de la sociedad. El alma es dar vida y animar . Es una función hacia los niños, dando el alma para que se formen. El alma de una sociedad saca el velo,  descubre, comunica a sus niños aquellos conocimientos que ellos no pueden adquirir por sí mismos. La sociedad es un referente para sus niños, que después formarán parte de esa sociedad y eso va a ser acorde a como funcionó la sociedad con ellos. Los niños funcionan como en  espejo o como reflejo de lo que han visto, escuchado, recibido como educación de los adultos que han estado, presentes o no en sus procesos de formación. Luego se develará el secreto de como se ha actuado con ellos, y esto no es sólo responsabilidad de la familia como primer núcleo fundamental, sino que es un compromiso que debe asumir todo el conjunto de seres humanos que los sostienen, aportando en su crecimiento.

Un pensamiento del que me agradaría tener respuesta

Esta vez voy a escribir un pensamiento de un pintor y grabador español: FRANCISCO de GOYA ( 1746- 1828 ) y espero que alguien me pueda dar una opinión, interpretación, pensamiento, sensación, etc..de esta reflexión que hace Goya. Están de acuerdo?  Como lectores emancipados…..

” La fantasía, aislada de la razón, sólo produce mounstros imposibles, Unida a ella ( a la razón ), en cambio, es la madre del arte y fuente de deseos”.

Gracias por la colaboración..

Difícil la relación afectiva de pareja…….

Estuvimos en la Placita de San Telmo, Patricia y yo. Mientras almorzábamos,nos pusimos a reflexionar y escribir sobre lo que está ocurriendo en las relaciones de pareja, afectivas.¿Como se dan estos vínculos? ¿ realmente hay un vínculo afectivo? Lo primero que salió son las dificultades que existen para tolerar todo tipo de afectos en las parejas. Pensábamos cuanto de conductas evitativas que se generan. por supuesto que esto no se produce en todas. Pero si se percibe en esta sociedad actual , en una parte bastante importante de personas jóvenes y no tan jóvenes. Uno va por la calle, y lo que prevalece es el tema de la mirada, una necesidad de ser visto, como si eso es lo que le da seguridad al individuo. es el mundo de las miradas, la necesidad de ser aprobado por el otro, de lo contrario pareciera que no soy nada. El ser depende de la mirada del otro.

Relacionarse, salir, juntarse, pero ¿que está ocurriendo con el intercambio entre las personas? ¿ de que se habla? ¿ qué tipo de comunicación prevalece?

Si pasa el intercambio, uno se enriquece a partir de un otro diferente, que puede traer algo distinto a lo que uno piensa. Los jóvenes¿ hablan de experiencias interesantes por las que atraviesan?. Como dice Jorge Dubatti. ¿existe la disponibilidad y la amigabilidad, cuando voy al encuentro con alguien que puede tener diferencias con uno?  Y siguiendo con lo que dice, se unen con la predisposición a ser compañeros, a compartir?

Se nota lo difícil que es tener la capacidad de espera que requiere todo proceso de formación de un vínculo de afecto entre dos personas. Y el respeto al propio tiempo y a los tiempos del otro.

El compañerismo es fundamental y el cariño, también. ¿y poder explorar juntos  y descubrir nuevas formas cada vez que la realidad impone cambios? Pareciera que no hay las suficientes herramientas para el encuentro entre dos personas, o son contradictorias, o hay demasiado control o falta absolutamente o demasiada liberación que se va convirtiendo en libertinaje y después, por ejemplo, los jóvenes. no saben que hacer ni como proceder frente a esta falta de reglas que ordenen las conductas. Se abstraen, se aburren, están dormidos y uno no sabe cuando van a despertar y es como si únicamente se conectaran para adentro. Y si se despiertan, ¿ tendrán las herramientas para poder cambiar?

Ah!! y me estoy olvidando de algo muy importante. ¿Dónde quedó el sentimiento de confianza? ¿ por dónde andará? Mucha desconfianza del otro, demasiada.

En cuentos, uno de mis preferidos…casi perfecto

Ayer, hablando por Skype, con Mario de España, recordamos ambos la frase que había puesto en este blog sobre este autor. Busqué el cuento de Hermann Hesse y decidí ponerlo todo, porque  es pura poesía, música, letras mágicas y pensamientos sabios.

DENTRO Y FUERA
[Cuento. Texto completo.]
Hermann Hesse

Había una vez un hombre llamado Frederick; se dedicaba a tareas intelectuales y poseía una amplia extensión de conocimientos. Sin embargo, no todos los conocimientos significaban lo mismo para él, ni apreciaba cualquier actividad intelectual. Tenía preferencia por un cierto tipo de pensamiento, desdeñando y detestando los otros. Sentía un profundo amor y respeto por la lógica -ese método admirable- y, en general, por lo que él llamaba “ciencia”.
“Dos y dos son cuatro -acostumbraba a decir-. Esto es lo que creo; y el hombre debe construir su pensamiento sobre la base de esta verdad.”

No ignoraba, sin duda, que existían otras clases de pensamiento y cultura; pero no los consideraba como “ciencia”, y tenía una pobre opinión de ellos. Aunque librepensador, no era intolerante con la religión. La religión estaba fundada en un tácito acuerdo entre científicos. Durante varios siglos su ciencia había abarcado casi todo lo que existía sobre la tierra y era digno de conocerse, con una sola excepción: el alma humana. Con el transcurso del tiempo, se convirtió en costumbre abandonar esta materia a la religión, y permitir sus especulaciones sobre el alma, aunque sin considerarlas seriamente. Según esto, Frederick era también tolerante en lo referente a la religión; no obstante, todo lo que significaba superstición le era profundamente odioso y repugnante. Pueblos lejanos, incultos y retrasados podían recurrir a ella; en la remota antigüedad podía admitirse el pensamiento místico o mágico; pero con el nacimiento de la ciencia y de la lógica esas anticuadas y dudosas herramientas carecían de sentido.

Eso es lo que decía y lo que pensaba. Cuando algún vestigio de superstición aparecía ante él, se encolerizaba Y sentía como sí hubiese sido atacado por algo hostil.

No obstante, lo que más le irritaba era hallar tales vestigios entre hombres de su propia clase, educados y versados en los principios del pensamiento científico. Y nada le era tan doloroso e intolerable como el concepto escandaloso -que había oído recientemente formulado y discutido incluso por hombres de gran cultura-, la idea absurda de que el “pensamiento científico” no era posiblemente un hecho supremo, independiente del tiempo, eterno, preordenado e inexpugnable, sino sólo uno de tantos, una transitoria manera de pensar, no impenetrable al cambio y a la decadencia. Esa creencia irreverente, destructiva y venenosa se extendía; ni el propio Frederick era capaz de negarlo; había surgido al azar como resultado de la angustia originada en todo el mundo por la guerra, la revolución, y el hambre, a la manera de un aviso, como espiritual escritura de una blanca mano sobre un blanco muro.

Mientras más sufría Frederick por la existencia de esa idea y por lo profundamente que lograba afligirle, más apasionadamente la atacaba, tanto a ella como a aquéllos a quienes sospechaba sus secretos defensores. Hasta entonces sólo muy pocas personas verdaderamente cultivadas habían proclamado abierta y francamente su fe en la nueva doctrina, que parecía destinada, de lograr difusión y fuerza, a destruir todos los valores espirituales sobre la tierra y a provocar el caos. Pero la situación no había llegado aún a tal extremo y los dispersos mantenedores eran tan pocos en número que cabía considerarlos como casos singulares y excéntricos, elementos peculiares. Pero una gota del veneno, una emanación de esa idea, podía ser percibida en cualquier momento. De un modo u otro podían surgir entre el pueblo y los medios cultivados una serie de nuevas doctrinas esotéricas, con sus sectas y discípulos; el mundo estaba lleno de ellas, por doquier se veía amenazado por la superstición, el misticismo, los cultos espirituales y otras fuerzas misteriosas, a las cuales era necesario combatir; pero la ciencia, por un particular sentimiento de debilidad, les había concedido hasta el presente vía libre.

Un día, Frederick visitó a uno de sus amigos, con quien frecuentemente había investigado. Hacía algún tiempo que no lo había visto. Mientras iba subiendo por la escalera de la casa, intentó recordar cuándo y dónde había estado por última vez en compañía de su amigo, pero, aunque se enorgullecía de su excelente memoria, no lo conseguía. Imperceptiblemente molesto y malhumorado, mientras aguardaba ante la puerta de su amigo intentó liberarse de esta sensación.

Apenas había saludado a Erwin, su amigo, cuando advirtió en su cordial semblante una cierta aunque reprimida sonrisa, que le pareció advertir por primera vez. Apenas vio aquella sonrisa, en cierto modo burlona u hostil pese a su apariencia amistosa, recordó inmediatamente lo que estuvo buscando infructuosamente en su memoria: su último y anterior encuentro con Erwin. Recordó que se habían separado sin haber discutido, desde luego, pero con una sensación de discordia interna y disgusto, porque Erwin había prestado entonces muy escaso apoyo a sus ataques contra los dominios de la superstición.

Era extraño. ¿Cómo podía haber olvidado aquello por completo? Comprendió también que ésa era la única razón de haber evitado a su amigo durante tanto tiempo, simplemente ese descontento, y que desde el principio había sido consciente de ello, aunque se inventó una multitud de excusas para el repetido aplazamiento de esta visita.

Ahora se enfrentaban el uno al otro; Frederick sintió que la pequeña grieta de aquel día había experimentado un tremendo ensanchamiento. Intuyó que algo fallaba entre él y Erwin, algo que hasta entonces siempre estuvo presente: un aura de solidaridad, de espontánea comprensión, de afecto incluso. Ahora existía un vacío. Se saludaron; hablaron del tiempo, de sus conocidos, de su salud y -Dios sabe por qué- a cada palabra Frederick tuvo la molesta sensación de que no comprendía bien a su amigo, de que Erwin no lo conocía realmente, de que sus palabras estaban errando el blanco, de que no era posible hallar ninguna base común para una verdadera conversación. Con mayor motivo por cuanto Erwin exhibía aún en su rostro aquella amistosa sonrisa, que Frederick estaba empezando casi a odiar.

Durante una pausa en la laboriosa conversación, Frederick miró en torno suyo al estudio que conocía tan bien y vio una hoja de papel clavada con un alfiler en la pared. Esta imagen lo conmovió extrañamente y despertó antiguos recuerdos: hacía mucho tiempo, en sus años de estudiante, Erwin tenía ese hábito, a veces, para conservar el dicho de un pensador o el verso de un poeta frescos en su mente. Se levantó y se dirigió hacia la pared para leer el papel.

Allí, en la bella escritura de Erwin, leyó las siguientes palabras: “Nada está fuera, nada está dentro; pues lo que está fuera está dentro”.

Pálido, permaneció inmóvil durante un momento. ¡Allí estaba! ¡Eso era lo que temía! En otra ocasión habría ignorado aquella hoja de papel, la habría tolerado caritativamente como una genialidad, como una debilidad inocente a la que cualquiera estaba expuesto, quizá como un frívolo sentimentalismo que pedía indulgencia. Pero ahora era diferente. Sintió que esas palabras no habían sido escritas por un fugaz impulso poético, no era por capricho que Erwin había vuelto después de tantos años a la práctica de su juventud. ¡Aquella frase era una confesión de misticismo!

Lentamente se volvió para mirarle el rostro, cuya sonrisa era de nuevo radiante.

-¡Explícame esto! -exigió.

Erwin hizo un gesto afirmativo con la cabeza, lleno de amistad.

-¿Nunca has leído este dicho?

-¡Naturalmente! -gritó Frederick-. Claro que lo conozco. Es misticismo, es gnosticismo. Quizá sea poético, pero… ¡De todas formas, explícamelo, y dime por qué lo has puesto en la pared!

-Con mucho gusto -dijo Erwin-. El dicho es una primera introducción a una epistemología que he estado investigando últimamente, y que me ha proporcionado ya muchas satisfacciones.

Frederick reprimió su arrebato. Preguntó:

-¿Una nueva epistemología? ¿Qué es? ¿Cómo se llama?

-¡Oh -contestó Erwin-, únicamente es nueva para mí. Es ya muy antigua y venerable. Se llama magia.

La palabra había sido pronunciada. Asombrado y sobrecogido por tan cándida confesión, Frederick comprendió con un estremecimiento que se hallaba enfrentado cara a cara con el archienemigo en la persona de Erwin. No sabía si estaba más cerca de la rabia o de las lágrimas; lo poseía un amargo sentimiento de irreparable pérdida. Durante una larga pausa permaneció callado.

Luego, con pretendida decisión en la voz, atacó:

-¿Así que deseas ahora convertirte en un mago?

-Sí -contestó Erwin sin vacilar.

-Una especie de aprendiz de brujo, ¿eh?

-Ciertamente.

Hubo tanta quietud que podía oírse el tictac de un reloj en la habitación contigua.

Frederick agregó después:

-Esto significa que abandonas toda relación con la ciencia seria y, por tanto, toda relación conmigo.

-Espero que no sea así -contestó Erwin-. Pero si no hay otro remedio, ¿qué puedo hacer?

-¿Qué puedes hacer? -estalló Frederick-. ¡Rompe, rompe de una vez por todas con esa puerilidad, con esa vil y despreciable creencia en la magia! Eso puedes hacer, si deseas conservar mi respeto.

Erwin sonrió un poco, aunque también su alegría se había desvanecido.

-Hablas como si… -murmuró, tan suavemente que a través de sus quedas palabras la irritada voz de Frederick aún parecía resonar por toda la habitación-, hablas como si eso estuviese dentro de mi voluntad, como si me quedara elección, Frederick. No es ése el caso. No tengo, ninguna elección. No fui yo quien escogió la magia: ella me escogió a mí.

Frederick suspiró, profundamente.

-Entonces, adiós -dijo hastiadamente, y se levantó sin ofrecerle su mano.

-¡Así, no! -exclamó Erwin-. No debes separarte de mí de ese modo. Imagina que uno de nosotros yace en su lecho de muerte -¡y en verdad que así es!-, y que debemos decirnos adiós.

-¿Pero quién de nosotros va a morir, Erwin?

-Hoy probablemente yo, amigo mío. Cualquiera que desee nacer de nuevo, debe estar preparado para morir.

Una vez más Frederick se dirigió a la hoja de papel y leyó el dicho.

-Muy bien -admitió al fin-. Tienes razón, no sirve para nada separarnos con ira. Haré lo que deseas; imaginaré que uno de nosotros se está muriendo. Antes de irme, quiero pedirte una última cosa.

-Me alegro -repuso Erwin-. Dime, ¿qué atención puedo demostrarte en nuestra despedida?

-Repito mi primera pregunta, y ésta es también mi petición: explícame ese dicho lo mejor que puedas.

Erwin reflexionó un momento y luego dijo:

-Nada está fuera, nada está dentro. Conoces el significado religioso de esto: Dios está en todas partes. Está en el espíritu y también en la naturaleza. Todo es divino, porque Dios es todo. Antiguamente esto recibía el nombre de panteísmo. En lo que concierne al significado filosófico, estamos acostumbrados a separar el dentro del fuera en nuestro pensamiento; sin embargo, esto no es necesario. Nuestro espíritu es capaz de superar los límites que hemos fijado para él, en el Más Allá. Más allá del par de antítesis que constituye nuestro mundo, comienza un nuevo y diferente conocimiento… Pero, mi querido amigo, debo confesarte que desde que mi pensamiento ha cambiado ya no existen para mí palabras ambiguas ni dichos: cada palabra tiene decenas, centenares de significados. Y ahí empieza lo que temes… la magia.

Frederick. frunció las cejas y estuvo a punto de interrumpirle. Pero Erwin lo miró de forma desarmante y continuó, hablando más distintamente:

-Déjame darte un ejemplo. Llévate algo mío, cualquier objeto, y examínalo un poco de cuando en cuando. Pronto el principio del dentro y el fuera te revelará uno de sus muchos significados.

Dio una ojeada en tomo a la habitación, tomó una pequeña estatuilla de arcilla de un anaquel, y se la dio a Frederick, diciendo:

-Toma esto como regalo de despedida. ¡Cuando este objeto que coloco en tus manos cese de estar fuera de ti y esté dentro de ti, ven a mí de nuevo! ¡Pero si permanece fuera de ti, tal como está ahora, para siempre, entonces esta separación tuya de mí será también para siempre!

Frederick quiso hablar todavía, pero Erwin tomó su mano, la estrechó, y se despidió de él con una expresión que no admitía réplica.

Frederick se retiró; descendió la escalera (¡qué largo le pareció el tiempo desde que la había subido!); se dirigió a través de las calles a su casa, perplejo y angustiado, con la pequeña figura de barro en la mano.

Se detuvo frente a su morada, apretó fieramente el puño sobre la estatuilla durante un momento, y sintió un irresistible impulso de romper el ridículo objeto contra el suelo. Nunca se había sentido tan agitado, tan movido por emociones antagónicas.

Buscó un lugar para el obsequio de su amigo, y puso la figura en la parte superior de un estante de su librería. Por el momento la dejó allí.

Ocasionalmente, según fueron pasando los días, la miró, meditando sobre ella y sus orígenes, considerando el significado que tan disparatado objeto iba a tener para él. Se trataba de una pequeña figura que representaba un hombre, o un dios, o un ídolo , con dos rostros, como el dios romano Jano, modelada más bien toscamente en arcilla y cubierta con un barniz tostado y algo cuarteado. La pequeña imagen tenía un aspecto grosero e insignificante; no era desde luego una obra griega o romana; probablemente se trataba del trabajo de alguna raza inferior y primitiva de África o de los Mares del Sur. Los dos rostros, que eran exactamente iguales, mostraban una sonrisa apática, indolente y débilmente burlona; el pequeño gnomo prodigaba su estúpida sonrisa de modo en especial desagradable.

Frederick no pudo acostumbrarse a la figura. Le resultaba totalmente inestética y ofensiva, se interponía en su camino, lo turbaba. Ya al día siguiente la tomó para dejarla sobre la estufa, y pocos días después la trasladó a un aparador. Pero una y otra vez aparecía en el campo de su visión, como si le estuviese imponiendo su presencia; se reía de él fría y estúpidamente, se daba tono, exigía atención. Tras unas cuantas semanas la puso en la antecámara, entre las fotografías de Italia y los recuerdos triviales que jamás miraba nadie. Ahora, al menos, sólo veía al ídolo al entrar o al salir, pasaba junto a él rápidamente, sin prestarle atención. Pero, también allí el objeto lo fastidiaba, aunque no quiso admitirlo.

Con aquel juguete, con aquella monstruosidad de dos caras, la vejación y el tormento habían entrado en su vida.

Un día, meses más tarde, regresó de un corto viaje. Emprendía ahora tales excursiones de cuando en cuando, como si algo lo empujase secretamente. Entró en su casa, atravesó la antecámara, fue saludado por la criada, y leyó las cartas que lo aguardaban. Pero seguía intranquilo, como si hubiera olvidado algo importante; ningún libro lo tentaba, ningún sillón era cómodo. Empezó a torturar su mente, ¿cuál era la causa? ¿Había descuidado algo importante? ¿Comido algo que pudiese trastornarlo? Al reflexionar, descubrió que esta sensación de inquietud había aparecido al entrar en el apartamento. Volvió a la antecámara e involuntariamente su primera mirada buscó la figura de arcilla.

Un extraño terror se apoderó de él al no ver al ídolo. Había desaparecido. No estaba. ¿Se había marchado caminando con sus pequeñas piernas de barro? ¿Había volado? ¿Desapareció por artes mágicas?

Frederick recobró la calma y sonrió ante su nerviosismo. Luego empezó a buscar tranquilamente por toda la habitación. Al no encontrar nada, llamó a la criada. Parecía turbada, y admitió en seguida que se le había caído el objeto mientras limpiaba.

-¿Dónde está?

Ya no estaba en ninguna parte. Tan sólido como aparentaba ser el pequeño objeto, ella lo tuvo a menudo en sus manos. Sin embargo, se había roto en mil pedazos. Llevó los fragmentos a un taller, donde simplemente se rieron de ella. Luego los había tirado.

Frederick despidió a la criada. Sonrió. Se sentía contento. ¡Qué poco le importaba el ídolo! La abominación había desaparecido; ahora tendría paz. ¿Por qué no habría deshecho el objeto a golpes desde el primer día? ¡Cómo había sufrido todo aquel tiempo! ¡De qué forma indolente, extraña, astuta, perversa, diabólica le había sonreído el ídolo! Ahora que había desaparecido, podía admitir la verdad: había temido verdadera y sinceramente a aquel dios de barro. ¿No era emblema y símbolo de todo cuanto le era repugnante e intolerable, de todo cuanto reconoció siempre como pernicioso, hostil y digno de supresión? ¿Un estandarte de todas las supersticiones, de todas las tinieblas, de toda coerción de la conciencia y el espíritu? ¿No representaba la horrible fuerza que se siente a veces bramando en las entrañas de la tierra, ese lejano terremoto, esa próxima extinción de la cultura, ese naciente caos? ¿No le había robado aquella despreciable figura a su mejor amigo, es más, no robado, sino convertido en enemigo? Ahora el objeto había desaparecido. Desvanecido. Roto en mil pedazos. Acabado. Era mucho mejor que si lo hubiera destruido por sí mismo.

Eso pensó, o dijo. Y volvió a sus asuntos como antes.

Pero la maldición persistió. Justamente cuando había conseguido acostumbrarse más o menos a aquella ridícula figura, precisamente cuando verla en su lugar habitual en la mesa de la antecámara se le había hecho gradualmente familiar y nada importante, era cuando su ausencia empezó a atormentarlo. Sí, la echaba de menos cada vez que cruzaba aquella estancia; veía constantemente el espacio vacío donde había estado, y el vacío emanaba de aquel lugar y llenaba la habitación entera.

Malos días y peores noches empezaron para Frederick. Ya no podía atravesar la antecámara sin pensar en el ídolo de las dos caras, sin echarlo de menos, sin sentir que sus pensamientos estaban unidos a él. Una agónica obsesión creció en su interior. Y no era simplemente al cruzar aquel cuarto cuando se sentía prisionero de su obsesión. De la misma forma en que el vacío y la desolación irradiaban del ahora vacío lugar en la mesa de la antecámara, aquella idea obsesiva irradiaba dentro de él, empujaba todo lo demás a un lado, enconándolo y llenándolo de extrañeza y desolación.

Una y otra vez imaginó la figura con suma claridad, para demostrarse a sí mismo lo absurdo de afligirse por su pérdida. Pudo verla en toda su estúpida fealdad y barbarie, con su vacua pero astuta sonrisa, con sus dos caras; impulsado como por una coacción, lleno de odio y con la boca torcida, se descubrió a sí mismo intentando reproducir aquella sonrisa. Le incomodaba la duda de si las dos caras eran en realidad exactamente iguales. ¿No tenía una de ellas, quizá simplemente por una pequeña aspereza o cuarteo en el barniz, una expresión algo distinta? ¿Algo raro? ¿Algo enigmático? ¡Qué peculiar era el color de aquel barniz! El verde y el azul y el gris, pero también el rojo, se mezclaban en él. Era un barniz que ahora hallaba a menudo en otros objetos, en una reflexión del sol de la ventana o en los reflejos de un húmedo pavimento.

Cavilaba mucho sobre aquel barniz, incluso por la noche. Le extrañó igualmente lo extraña, rara, malsonante, poco familiar, casi maligna que era la palabra “barniz”. La analizó hasta invertir el orden de sus letras. Entonces leía “zinrab”. Pero, ¿de dónde demonios tomaba su sonido aquella palabra? Conocía la palabra “zinrab”, por supuesto que sí; además, era una palabra hostil y mala, una palabra con perversas e inquietantes implicaciones. Durante mucho tiempo lo atormentó esa pregunta. Finalmente dio con la respuesta: “zinrab” le recordaba un libro que había comprado y leído hacía muchos años durante un viaje, y que lo había aterrado, atormentado, pero fascinado secretamente; se titulaba Princesa Zinraka. Era como una maldición: todo lo relacionado con la estatuilla -el barniz, el azul, el verde, la sonrisa- significaba hostilidad, eran sinónimos de torturas y venenos. ¡De qué forma tan peculiar en otro tiempo Erwin, su amigo, había sonreído mientras ponía el ídolo en su mano! Una forma muy peculiar, muy significativa, muy hostil.

Frederick resistió valientemente -y muchos días no sin éxito- la tendencia obsesiva de sus pensamientos. Presentía el peligro claramente: ¡volverse loco! No, era mejor morir. La razón es necesaria, la vida no. Y se le ocurrió que quizá eso era la magia, que Erwin, con la ayuda de aquella figura, lo había encantado en cierto modo, y que debería sucumbir en un sacrificio como el defensor de la razón y la ciencia contra aquellos funestos poderes. Sin embargo, de ser así, si eso era posible, la magia existía, la hechicería existía. ¡No, mejor era morir!

Un médico le recomendó paseos y baños. A veces, en busca de distracción, pasaba la noche en una posada. Pero no le sirvió de nada. Maldecía a Erwin y se maldecía a sí mismo.

Una noche, como solía hacer ahora con frecuencia, se retiró temprano y estuvo inquieto en la cama, imposibilitado de dormir. Se sentía indispuesto e intranquilo. Deseaba meditar, deseaba hallar tranquilidad, decirse cosas reconfortantes, tranquilizadoras, frases de recta serenidad y claridad. “Dos y dos son cuatro”. Nada vino a su mente; en un estado casi de delirio musitó sonidos y sílabas para sí. Gradualmente las palabras se formaron en sus labios, y varias veces, sin comprender su significado, repitió la misma frase para sí, como si hubiese tomado forma en él de algún modo. La murmuró una y otra vez, como si absorbiese una droga, como si en ella buscase a tientas su camino hacia el sueño que lo eludía en el estrecho sendero que bordeaba el abismo.

Pero súbitamente, al levantar un poco la voz, las palabras que estaba musitando penetraron en su conciencia. Las conocía: “¡Sí, ahora estás dentro de mí!” E instantáneamente comprendió. ¡Supo lo que significaban, que se referían al ídolo de arcilla, que entonces, en aquella hora gris de la noche, se había cumplido puntual y exactamente la profecía que Erwin le había hecho un espantoso día, que la figura que sostuvo desdeñosamente en sus dedos ya no estaba fuera de él sino dentro de él! “Pues lo que está fuera está dentro”.

Incorporándose de un salto, experimentó como si le estuvieran haciendo una transfusión de hielo y fuego. El mundo vacilaba a su alrededor, los planetas lo miraban fija y alocadamente. Encendió la luz, se puso algunas ropas, abandonó su casa y corrió en plena noche hacia la casa de Erwin. Vio una luz encendida en la ventana del estudio que conocía tan bien; la puerta de la casa estaba abierta: todo parecía estar esperándolo. Subió precipitadamente la escalera. Penetró con paso inseguro en el estudio de Erwin y se apoyó con temblorosas manos sobre la mesa. Erwin se hallaba sentado junto a la lámpara, bajo su suave luz, pensativo y sonriente.

Cortésmente Erwin se puso en pie.

-Has venido. Eso está bien.

-¿Has estado esperándome? -preguntó Frederick.

-He estado esperándote, como sabes, desde el momento en que te fuiste de aquí con mi pequeño obsequio. ¿Ha sucedido lo que dije entonces?

-Ha sucedido -admitió-. El ídolo está dentro de mí. Ya no puedo soportarlo más.

-¿Puedo ayudarte? -preguntó Erwin.

-No lo sé. Haz lo que quieras. ¡Explícame más acerca de tu magia. Dime si el ídolo puede salir de mí otra vez.

Erwin puso su mano sobre el hombro de su amigo. Lo condujo hacia un sillón y lo obligó a sentarse en él. Luego dijo cordialmente, en un casi fraternal tono de voz:

-El ídolo saldrá de ti otra vez. Ten confianza en mí. Ten confianza en ti mismo. Has aprendido a creer en él. ¡Ahora aprende a amarlo! Está dentro de ti, pero continúa muerto, es aun un fantasma para ti. ¡Despiértalo, háblale, pregúntale! ¡Pues es tú mismo! ¡No lo odies, no le temas, no lo atormentes! ¡Cómo has atormentado a ese pobre ídolo, que sin embargo eras tú mismo! ¡Cómo te has atormentado a ti mismo!

-¿Es ése el camino de la magia? -preguntó Frederick. Se hallaba profundamente hundido en el sillón, como si hubiera envejecido, y su voz era débil.

-Ese es el camino -contestó Erwin-, y quizá has dado ya el paso más difícil. Has hallado por experiencia que el fuera puede convertirse en el dentro. Has estado más allá del par de antítesis. ¡Te pereció el infierno; aprende ahora, amigo mío, qué es el cielo!. Porque es el cielo el que te espera. Mira, esto es la magia: intercambiar el fuera y el dentro. Pero no por el impulso, ni con la angustia, como tú lo has hecho, sino libremente, voluntariamente. Llama al pasado, llama al futuro: ¡ambos se hallan en ti! Hasta hoy has sido el esclavo del dentro. Aprende a ser su dueño. Eso es la magia.

Algo nuevo en el Museo de Arte Moderno

 

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, dependiente del Ministerio de Cultura porteño, presenta el primer volumen de APerformatón, un formato maratónico de performances veraniegas, desde el 22 de enero al 22 de marzo.

El ciclo se iniciará el próximo miércoles 22 de enero, a las 19.30 hrs, en Humberto Primo 340, en la puerta de la Parroquia San Pedro Telmo.

Adjuntamos la gacetilla de prensa.

 

Novedades en el museo de Arte Moderno

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, dependiente del Ministerio de Cultura porteño, tiene el agrado de invitar a la inauguración de la muestra La bella y la bestia, de los artistas chilenos Cristóbal León & Joaquín Cociña, el próximo miércoles 22 de enero, a las 18.30 hrs, en Avenida San Juan 350.

 

Los artistas filmarán en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires una fracción de su primer largometraje, titulado La Casa Lobo. El Museo transformará una de sus principales salas en set de filmación.Además, se exhibirán tres películas del dúo chileno. Lucía y Luis, que son sus primeros cortometrajes, los cuales permitirán al público argentino acercarse al núcleo narrativo de los inicios: la fábula infantil que mezcla lo fantástico con la pesadilla. Y el otro trabajo es Los Andes, uno de sus últimos cortos,  presentado en la Bienal de Venecia de 2013. 

Adjuntamos los siguientes documentos: 1) Gacetilla de prensa con información sobre la muestra. 2) Un cuestionario con las respuestas de los artistas. 3) Imágenes. 4) Epígrafes y créditos de las imágenes. 5)Link a uno de los videos de León y Cociña: Lucía: https://vimeo.com/5202050

Los esperamos.

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