Un artículo escrito por Jorge Dubatti sobre la obra teatral “La Fiera”

Entre los valores más firmes de la nueva generación de teatristas, sobresale Mariano Tenconi Blanco (Buenos Aires, 1982), el dramaturgo-director de Quiero decir te amo (2012-2013) y del ciclo Canciones de amor para hacer la revolución, integrado por Montevideo es mi futuro eterno (2010), Lima Japón Bonsai (2011) y Las lágrimas (de próximo estreno). En el marco del Primer Festival Novísima Dramaturgia Argentina, que se realizará a partir del 13 de febrero en el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (Corrientes 1543), Tenconi Blanco presentará una de sus mejores creaciones: el unipersonal La fiera, estrenado en 2013 e interpretado con excelencia por la actriz Iride Mockert, sin duda una de las figuras de referencia del nuevo teatro, en escena junto a los músicos Sonia Álvarez (arpa) y Ian Shifres (piano). Quintaesencia de calidad teatral.

La fiera parte de una reescritura del mito norteño del “runa-uturuncu”, el hombre-tigre, para adaptarlo a su versión femenina, la mujer-tigre, menos frecuente en el folklore, según mitólogos como Adolfo Colombres. El objetivo poético es contar una historia que pone en primer plano los problemas de la violencia de género, la trata de mujeres, el secuestro y la esclavitud sexual y el femicidio, hoy lamentablemente tan dominantes y de urgente atención, que duelen en carne viva. Cruce de narración ancestral heredada y de actualidad social, la historia de la mujer-tigre de Tenconi hunde sus orígenes en la cultura popular oral norteña, a la vez que promueve un debate crítico en torno de un conflicto desgarrador que compromete a la comunidad contemporánea en su conjunto. Esto es, una función semejante a la que cumplía la tragedia clásica al retomar mitos como Edipo o Medea, poniendo en tensión el tiempo mítico con el tiempo contextual de la representación, según Bruno Gentili. ¿Y qué es La fiera sino una estremecedora tragedia, en la que una mujer debe transformarse en asesina para detener los abusos? Pero no una tragedia de decoro, clásica o neoclásica, sino una tragedia “de sangre”, furiosa, neobarroca, con deuda y fascinación por la poética trágica del cine de Leonardo Favio. La fiera es, por cierto, “la furia”, en la tradición actual más potente del “furor” primitivo. Y tanto la actuación de Mockert como la labor de los músicos encarnan esa interpretación “furiosa”, de comunicativa intensidad.
Hay abuso, entonces sale la mujer-tigre. No hay justicia, entonces hay mujer-tigre. La catarsis trágica es evidente: La fiera hace lo que Susana Trimarco (homenajeada, según creemos, en el espectáculo) no puede (ni quiere) hacer: “una fiera que mata los tipo que son hijo de puta con las mujere o niña”. La representación teatral de la violencia opera como compensación simbólica de los límites de la violencia en la comunidad y enfrenta a los ciudadanos con la necesidad del límite y de la justicia, a la par que señala lo irresuelto con la potencia del mejor teatro político.
Una humilde muchacha tucumana (cuya compleja dialectalidad, su entonación regional y su vocabulario, Mockert encarna magníficamente) narra a público cómo, a través de la ayuda de Dios y la Virgen (no del rito de pasaje tradicional del runa-uturuncu: revolcarse sobre una piel de tigre diciendo el Padre Nuestro al revés y bailando), se transforma en la mujer-tigre para defender a las mujeres del abuso de los hombres y para rescatar a su hermanita de la explotación sexual. Su primera víctima es un borracho violador; luego, un grupo de hombres en el baño de un local nocturno; después, un padre incestuoso, un marido golpeador, el jefe de una banda que regentea un prostíbulo. “La venganza e’una sola”, cuenta que le dice la otra mujer-tigre con la que se encuentra, que despachará a otros tantos hombres –secuaces del jefe de la banda, policías cómplices, su propio yerno–. Esta otra mujer-tigre, vieja, tiene –el texto lo da a entender- los ojos de Trimarco (“uno’ojo pequeñito bien pequeñito pero intenso, sin miedo, uno’ojo triste pero valiente”). A la protagonista la asiste el recuerdo de su padre matando a golpes a su madre por celos, y el de su hermanita vengando a su madre. La forma en que se refiere a la hermana –”la persona má amada que ió he perdío”, “mi amor querío”, “mi amor lo má hermoso de mi vida”–, ¿sugiere otra marca del tragema (unidad mínima del relato trágico, como señala Ian Kott en El manjar de los dioses): la inclinación incestuosa entre las hermanas, o al menos de la protagonista hacia su hermanita? ¿O es la expresión amorosa de la hermana que se torna madre?
El procedimiento es el del teatro del relato: se narra y actúa la escena al mismo tiempo, recurso de enorme dificultad resuelto con la precisión y la creatividad que caracterizan los trabajos de Mockert. La narración-actuación es tan potente que estimula la imaginación del espectador de forma tal que éste compone en su conciencia cada escena, cada imagen, casi como si recordara la multifocalización de un film. Y a esto se suma, multiplicando la tan disfrutable artificiosidad del teatro del relato, la dimensión musical: la mujer-tigre canta una serie de canciones originales compuestas musicalmente por Álvarez y Shifres, sobre letra de Tenconi e Ignacio Bartolone. El diseño escenográfico de Oria Puppo es complementario con este concepto del teatro como estimulación imaginativa del espectador: apenas un tablado bajo, casi vacío, en el que se sugiere un fragmento de ruta desolada (con la fuerza simbólica que esa imagen trae sobre las rutas del país, las mujeres secuestradas y su búsqueda), con la línea blanca entrecortada y la amarilla de señalización vial. La estructura minimalista de la escenografía se complementa con las luces de Matías Sendón, la palabra en boca de Mockert y la música en vivo para lograr múltiples espacializaciones en la reducida materialidad de la escena.
“Matar es triste, morir es triste.” La mujer-tigre no es un superhéroe ni una asesina serial, sino un héroe trágico desgarrado, con un componente místico a lo Juana de Arco y una misión que excede el rescate de su hermanita. “Cuando ha caío la luna ió todavía sigo siendo la fiera.” Como en toda tragedia contemporánea la textura de La fiera es híbrida, cruzada con la historieta (el “comic” es citado, al menos, en el texto con las referencias a Batman y Gatúbela, y en la imagen del programa de mano), el fantasy neorromántico y el cine fantástico-maravilloso y componentes tragicómicos, como en el momento magistral en el que en el show del club nocturno presentan a la muchacha como “La Fiera”, mientras intenta encontrar la forma de rescatar a su hermana y debe narrar-cantar-bailar a medias la cumbia “El bombón asesino”, cuyo sexismo se resignifica sobre la violencia de la situación. En suma, una pequeña obra maestra, tan relevante en su estructura artística como en su temática. «
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